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domingo, 2 de agosto de 2009

Del Cielo A Tu Corazón

"Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los ríos medianos
y más chicos;
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos."

(Jorge Manrique)


Hoy ha partido un hombre.
Hacia una región desconocida.
Recorrerá caminos distintos a los nuestros. Donde quizás la tierra se confunda con el cielo y su paso ligero sea como un vuelo hacia los lugares que alguna vez soñó.
Yo desearía que así fuese. Que el viaje que ha emprendido le conduzca adonde él siempre quiso llegar.

Debo decir que jamás conocí a ese hombre.
Y sin embargo es parte de mi vida.

Existe un lazo entre su vida y la mía. Firme e indestructible.
Porque es un lazo de amor.

Una nieta de aquel hombre que no conozco, es hoy una parte importante de mi vida.
De manera que su existencia me ha tocado directamente.
Y su ausencia, hoy, también.

Porque así como en la alegría de esa mujer yo puedo regocijarme; en sus lágrimas siempre habrá algo de dolor brotando desde mi propio corazón.
Por eso mis palabras para ese hombre a quien nunca llegué a conocer, no son de dolor ni de tristeza, sino de esperanza en un mundo distinto y mejor.

La misma esperanza que yo aprendí a conocer en los ojos de M.....

Hasta siempre...y un feliz destino.




sábado, 27 de junio de 2009

Mano a Mano











-Hola amor, necesito verte ¿puedes darme algo de tu tiempo?...dijo el Hombre.

-Tú quisieras una semana para ti. Y eso es imposible. ¿Qué te parece si nos juntamos un día?...en unos minutos me dices lo que quieres y segundos después debo regresar, hasta pronto querido...dijo la Mujer.


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-Hola amor ¿por qué no me has llamado...es que ya no me amas?...dijo la Mujer.

-Te amé demasiado. Pero debo partir en unos minutos. Viajaré por unos días. Regresaré en unos meses y podrás llamarme dentro de unos años. Hasta pronto, vida mía...dijo el Hombre.


( Fragmento De Tangos Para Una Despedida )

sábado, 23 de mayo de 2009

Palabras a Benedetti.





Mario Benedetti ya no escribe más.
Se ha retirado definitivamente.
Lo extrañaremos mucho. Muchísimo.
Las voces lúcidas, inteligentes y claras, no abundan en esta América nuestra, que a veces parece mirar más hacia el exterior que hacia sus propias raíces. Benedetti, como otros escasos hombres despiertos en un continente que parece dormido, escribió para quienes no podían leerlo. Porque nunca supieron hacerlo o no podían comprar un libro. Para los desposeídos de todo, de la cultura, de las artes, de las oportunidades y de la vida en general. Aquellos que no tienen, jamás tuvieron y tampoco tendrán. Pero que son. Y son millones. Y que, inexplicablemente, conocen parte de su obra y forman parte de ella. Se reconocen en los escritos de un intelectual como pocos. Un artista que plasmó su obra en este mestizaje que nos hermana, para mostrarla al mundo y de paso darle universalidad a este trozo de tierra en el que vivimos y morimos.
Y se lo agradecemos.
Desde siempre y para siempre.
Porque esa es la labor del intelectual, del artista. Expresar su reconocimiento o su reprobación frente a los acontecimientos de la época en que le tocó vivir.
Ser la voz de los que no la tienen y ser un verdadero testigo de su tiempo.


Desde acá, nuestro saludo y reconocimiento para ti, maestro.
Sabemos que nos escucharás.
Porque los hombres como tú, nunca mueren.
Sólo cierran los ojos...y viven por siempre en la memoria de su pueblo.

jueves, 16 de abril de 2009

Sin Palabras.




Sus pasos resonaron lúgubres, metálicos, sobre los duros empedrados de la estación de Santa Clara, vacía y oscura, pero aún con estrellas, aquella madrugada.
Caminaba firmemente, grácil y segura, aún sobre aquellos tacones de vértigo.
Se acercó hasta mí.
Sus ojos, con aquel mirar de eternidad perdida, se posaron en los míos, dolorosos y fijos.
Nada dijo. Frente a mí, con sus manos largas y pálidas cruzadas sobre el pecho, parecía esconder un profundo, infinito desconsuelo.
El gris acero de sus ojos pareció quebrarse durante unos segundos.
Quise abrazarla, acariciarla con suavidad y ternura, como nunca antes, pero no pude moverme.
Sentí crecer en mi pecho, el deseo irrefrenable de llorar, caer rendido a sus pies y mendigar su perdón.
Pero no lo hice.
Tan sólo miré por última vez su rostro sin adornos, sus labios despintados.
El pitazo cruel del tren me hirió, como una puñalada.
No habló. Ni se movió. Me miró solamente, con hondura, tristeza. Y nada más.
Yo giré lentamente y abordé el viejo tren, que ya partía.
Nunca más la he vuelto a ver.
Pero jamás la he olvidado.





(Fragmento de Tangos Para Una Despedida)